
Por esa puerta huyó diciendo :«¡nunca!»
Por esa puerta ha de volver un día …
Al cerrar esa puerta dejo trunca
la hebra de oro de la esperanza mía.
Por esa puerta ha de volver un día.
Cada vez que el impulso de la brisa,
como una mano débil indecisa,
levemente sacude la vidriera,
palpita más aprisa, más aprisa,
mi corazón cobarde que la espera.
Desde mi mesa de trabajo veo
la puerta con que sueñan mis antojos
y acecha agazapando mi deseo
en el trémulo fondo de mis ojos.
¿Por cuánto tiempo, solitario, esquivo,
he de aguardar con la mirada incierta
a que Dios me devuelva compasivo
a la mujer que huyó por esa puerta?
¿Cuándo habrán de temblar esos cristales
empujados por sus manos ducales,
y, con su beso ha de llegar a ellas,
cual me llega en las noches invernales
el ósculo piadoso de una estrella?
¡Oh Señor!, ya la pálida está alerta;
¡oh Señor, cae la tarde ya en mi vía
y se congela mi esperanza yerta!
¡Oh, Señor, haz que se abra al fin la puerta
y entre por ella la adorada mía!…
¡Por esa puerta ha de volver un día!
José Amado Ruiz de Nervo es un importante poeta mexicano y autor del poema titulado «Por esa puerta».
Amado Nervo comenzó sus primeros estudios en el seminario de Zamora en el año 1886, pero se vio obligado a dejarlos unos años después (en 1891) debido a la difícil situación económica. Estos años en el seminario marcaron notablemente su primera etapa poética, caracterizada por la espiritualidad religiosa y la mística. La segunda corresponde con su etapa en París; y la tercera es el más marcado por influencias europeas y de otros países latinoamericanos.
El tema de este poema gira en torno al sufrimiento del poeta durante la espera de su amada que se marchó “por esa puerta”. Comienza el poema contándonos que su amada se marchó para no volver “diciendo ¡Nunca!”, pero el poeta no pierde la esperanza de que algún día vuelva: “ha de volver un día”. Además, este poema se compone de una serie de preguntas retóricas lanzadas al aire y sin respuesta, alguna que el poeta se formula: “¿Cuándo habrán de temblar esos cristales / empujados por sus manos ducales?”. Finalmente, leemos una oración que comienza por el apelativo: “¡Oh, Señor!” y con la que ruega que vuelva su amada antes de que su vida finalice. Nos encontramos de nuevo ante un poema marcado por su religiosidad.
Puede que este poema lo dedicara a su esposa tras su muerte, hecho que lo marcó como ya hemos mencionado; no obstante expresa un sentimiento universal que todo enamorado o desenamorado puede experimentar.