«Adiós!», Alfonsina Storni.

Las cosas que mueren jamás resucitan,
las cosas que mueren no tornan jamás.
¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda
es polvo por siempre y por siempre será!

Cuando los capullos caen de la rama
dos veces seguidas no florecerán…
¡Las flores tronchadas por el viento impío
se agotan por siempre, por siempre jamás!

¡Los días que fueron, los días perdidos,
los días inertes ya no volverán!
¡Qué tristes las horas que se desgranaron
bajo el aletazo de la soledad!

¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas,
las sombras creadas por nuestra maldad!
¡Oh, las cosas idas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que así se nos van!

¡Corazón… silencia!… ¡Cúbrete de llagas!…
-de llagas infectas- ¡cúbrete de mal!…
¡Que todo el que llegue se muera al tocarte,
corazón maldito que inquietas mi afán!

¡Adiós para siempre mis dulzuras todas!
¡Adiós mi alegría llena de bondad!
¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas,
las cosas celestes que no vuelven más! …

Alfonsina Estorni Martignoni fue una poetisa argentina que nació en el año 1892 en Suiza, sus padres se encontraban en dicho país por motivos de trabajo, y murió en Argentina en 1938.
Desde muy joven comenzó a trabajar en los negocios familiares, pero no le gustaba y trató de buscar su camino por otro lado. A los trece años inició una gira de teatro; pero ese mundo la desencantó y lo dejó. Finalizada su etapa escolar, comenzó con los estudios de Magisterio y esta sería su profesión durante el resto de su vida, la cual compaginaría siempre con la escritura de sus poemas.
Fue madre soltera y padeció cáncer de mama, enfermedad que la llevó a una profunda depresión y a suicidarse en el Mar del Plata.
Su poesía se caracteriza por ser original, cálida, reflexiva y feminista. Comenzó escribiendo temas amorosos y relacionados con los sentidos pero, poco a poco y a causa de las experiencias vividas, sus poemas se tornaron más reflexivos y constantemente hacía alusiones a sus temores y a su enfermedad.
El tema fundamental del poema es el paso imparable e invencible del tiempo. Han sido muchos los poetas que han reflexionado sobre aquellas cosas que son devoradas por el tiempo, imparable fenómeno que nos recuerda a diario lo insignificante que es el ser humano. Junto a este tema y de manera totalmente armónica se tratan otros temas secundarios como la soledad o la tristeza.
Se trata de una composición con importantes mensajes filosóficos, y propia de una persona que había reflexionado sobre todos aquellos matices temporales y sensibles de la vida, pues es eso la vida: tiempo y sensibilidad. Adivinamos que su autora miraba la vida con pesimismo y desencanto, y valorando, al mismo tiempo, todo aquello que siempre la había rodeado.

«Hijas del Viento», Alejandra Pizarnik.

Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencia,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.

Tú lloras debajo de tu llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.

En este poema hay una personificación del miedo y la soledad. Están presentes en todo y llegan cuando no queda nada, cuando todo se ha perdido.
La muerte, ese “Tú”, le da alas a estas dos hijas del viento, el miedo y la soledad, ese aire que necesitan para llegar donde quieran. Estas hijas influyen en el sueño de las personas y ayudan a que la muerte aceche. Esta está cerca y se ve como algo egoísta, que no suelta a su presa. Nadie se salva de su ataque y nadie puede evitarlo.
La parca no es insensible y bajo su manto entiende el sufrimiento de quien cae bajo su guadaña, aunque lo que hace es algo de lo que no puede separarse y que, al mismo tiempo, desea. Es más atrayente que la noche. Las dos últimas frases del poema son pensamientos del poeta, que se siente sola, depresiva y siente cerca la muerte, piensa quitarse la vida, algo que es casi autobiográfico, ya que su muerte sobrevino precisamente por eso, por un suicidio.
En este caso, se mezclan ambos elementos, lo literario, lo personal y lo sentimental para crear un poema en el que el sufrimiento está presente en cada uno de los versos. Hay una necesidad de expresar pero, al mismo tiempo, no aporta ningún tipo de felicidad, de positividad a lo largo de todo lo escrito. Parece que hay una necesidad de recrearse y recalcar esa sociedad oscura, gris, sin vida, yacente y que sólo aporta tristeza e infelicidad.

«La Calumnia», Rubén Darío.

El poeta habla de aquellos que dicen una mentira sobre alguien para dañarle. Creen así que el valor de la propia persona desaparece. Sin embargo ocurre todo lo contrario. En un primer momento parece que daña y ensucia. Pero al final, se ve quién es de verdad la persona y la importancia y el valor de la misma.
No habla de un hecho concreto o personas concretas. Únicamente pone sobre la mesa algo que suele ser habitual y que ocurre más veces de las que nos gustaría. Intuimos que importa mucho la personalidad de quien es atacado y su fuerza para no enfrentarse o, simplemente, aceptar lo que la otra persona ha dicho y ocuparse de dejar que el tiempo haga que lo dicho se vuelva contra quien lo fue diciendo.
La importancia de la calumnia no está en lo que se dice o en quien lo dice, sino en la persona que lo escucha lo toma como cierto. Esa es la mejor manera para que se propague, para que se tome como cierto y, sobre todo, para perjudicar a una persona que, en la mayoría de las ocasiones no lo merece y, aunque lo mereciera, no es la forma ni el modo.

Federico García Lorca, «Encuentro».

El poeta nos muestra en este poema un amor tormentoso. No quiere estar con alguien del pasado porque ninguno de los dos puede estar junto al otro. Esa persona de la que nos habla sabe los motivos por los que el poeta le ha amado y ha sufrido, dejándole llagas en su piel, en sus manos, como las de Cristo. Le pide que se vaya y no se detenga y mucho menos que mire atrás. Sólo el rezar le hará entender lo sucedido y arrepentirse. El final de este poema es circular, por lo que el poeta insiste en ese deseo de no volver con ese amor del pasado. Es posible que siga amando a esta persona de su pasado, pero es consciente de que volver a su lado implicaría una relación que no llegaría a buen término y ambos volverían a sufrir, como lo hicieron en el pasado.
En ningún momento se nos dice quién es y, sobre todo, tampoco se nos dice que ocurrió en su relación para que esta se rompiera. Lo importante es señalar la franqueza, la sinceridad y la determinación del poeta para decirle a ese antiguo amor que ya no quiere estar con él. Lo que está claro es que el poeta sufrió mucho y le costó mucho volver a rehacer su vida. Casi fue una resurrección después de la muerte, como sucedió a Jesucristo cuando lo clavaron en la cruz. Podemos intuir que es posible que se sintiera presionado por esta persona.
Como suele ocurrir en estos poemas, escritos por García Lorca, hay una sensación de que no hubo una correspondencia mutua en el tiempo que estuvieron juntos. Parece que por parte del poeta hubo una entrega total que parece que no fue correspondida por la persona amada y esto parece utilizarse a modo de reproche. Sin embargo, él sigue todavía enamorado de su antiguo amor pero, aunque sufre, prefiere no ver a esta persona, apartarla por completo de su vida, a vivir una vida desgraciada.

Gabriela Mistral, «Miedo».

Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan;
se hunde volando en el Cielo
y no baja hasta mi estera;
en el alero hace el nido
y mis manos no la peinan.
Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan.

Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.
Con zapatitos de oro
¿cómo juega en las praderas?
Y cuando llegue la noche
a mi lado no se acuesta…
Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día
me la vayan a hacer reina.
La subirían al trono
a donde mis pies no llegan.
Cuando viniese la noche
yo no podría mecerla…
¡Yo no quiero que a mi niña
me la vayan a hacer reina!

Estamos ante un deseo, a través de un poema de Gabriela Mistral, en el que se habla del proceso importante en la vida de una niña que poco a poco se va convirtiendo mujer y en el que la madre no quiere que se haga mayor demasiado rápido. Es un proceso de pérdida, de separación del cordón umbilical entre ambas, pero no desde el punto de vista emocional, porque el amor de madre es para siempre, sino desde el punto de vista de físico. La niña va creciendo y hace su propio camino.
Es un proceso de niña a princesa y, finalmente a reina. Y es esta división la que crea las partes del propio poema. En la primera estrofa de este poema, en la que la madre expresa su deseo de que no le hagan perder la infancia demasiado rápida a su hija. Es una niña y como niña tiene que vivir una infancia. Si esta se trastoca, se pierde, se anula, lo que provocará es una separación emocional entre las dos y que nunca podrá recuperarse. Ella ve a su hija como un pájaro que quiere volar pero que, como Ícaro, si vuela demasiado alto y cerca del sol, sus alas pueden derretirse y caer hasta morir. Ella quiere seguir manteniendo esa imagen de niña a la que cuidar.
En una segunda estrofa se nos presenta el deseo de la madre de que, cuando haya pasado ese momento de infancia tampoco la hagan princesa, es decir, que no la engañen con lo material, con lo artificial, que no la compren con oro. Aunque sea una adolescente, el juego y la fantasía tienen que seguir formando parte de su vida. Es posible que la madre no sea una persona con demasiados recursos, “a mi lado no se acuesta”, por eso tiene miedo de que esa princesa prefiera lo material a lo humano, perdiendo todo contacto con la realidad y con lo que es realmente importante, la familia, la madre.
En la tercera y última estrofa expresa su deseo de que no la hagan reina, es decir, que la alejen tanto de la realidad que deje de ser ella misma. Y lo enfatiza más con la imagen del trono, con lo que ella quiere expresar que si está demasiado alejada, si ya no es ella misma, tampoco podrá llegar a su lado, convirtiéndose así en alguien ajeno a su vida. Esto haría desaparecer su estatus de madre con respecto a ella y eso es lo que no quiere perder.



Manuel Benítez Carrasco, «Por esa puerta».

Por esa puerta huyó diciendo :«¡nunca!»
Por esa puerta ha de volver un día …
Al cerrar esa puerta dejo trunca
la hebra de oro de la esperanza mía.
Por esa puerta ha de volver un día.

Cada vez que el impulso de la brisa,
como una mano débil indecisa,
levemente sacude la vidriera,
palpita más aprisa, más aprisa,
mi corazón cobarde que la espera.

Desde mi mesa de trabajo veo
la puerta con que sueñan mis antojos
y acecha agazapando mi deseo
en el trémulo fondo de mis ojos.

¿Por cuánto tiempo, solitario, esquivo,
he de aguardar con la mirada incierta
a que Dios me devuelva compasivo
a la mujer que huyó por esa puerta?

¿Cuándo habrán de temblar esos cristales
empujados por sus manos ducales,
y, con su beso ha de llegar a ellas,
cual me llega en las noches invernales
el ósculo piadoso de una estrella?
¡Oh Señor!, ya la pálida está alerta;
¡oh Señor, cae la tarde ya en mi vía
y se congela mi esperanza yerta!
¡Oh, Señor, haz que se abra al fin la puerta
y entre por ella la adorada mía!…
¡Por esa puerta ha de volver un día!

José Amado Ruiz de Nervo es un importante poeta mexicano y autor del poema titulado «Por esa puerta».
Amado Nervo comenzó sus primeros estudios en el seminario de Zamora en el año 1886, pero se vio obligado a dejarlos unos años después (en 1891) debido a la difícil situación económica. Estos años en el seminario marcaron notablemente su primera etapa poética, caracterizada por la espiritualidad religiosa y la mística. La segunda corresponde con su etapa en París; y la tercera es el más marcado por influencias europeas y de otros países latinoamericanos.
El tema de este poema gira en torno al sufrimiento del poeta durante la espera de su amada que se marchó “por esa puerta”. Comienza el poema contándonos que su amada se marchó para no volver “diciendo ¡Nunca!”, pero el poeta no pierde la esperanza de que algún día vuelva: “ha de volver un día”. Además, este poema se compone de una serie de preguntas retóricas lanzadas al aire y sin respuesta, alguna que el poeta se formula: “¿Cuándo habrán de temblar esos cristales / empujados por sus manos ducales?”. Finalmente, leemos una oración que comienza por el apelativo: “¡Oh, Señor!” y con la que ruega que vuelva su amada antes de que su vida finalice. Nos encontramos de nuevo ante un poema marcado por su religiosidad.
Puede que este poema lo dedicara a su esposa tras su muerte, hecho que lo marcó como ya hemos mencionado; no obstante expresa un sentimiento universal que todo enamorado o desenamorado puede experimentar.

Rafael Alberti, «Lo que dejé por ti»

Rafael Alberti (1902-1996) fue uno de los más importantes poetas españoles perteneciente a la famosa Generación del ´27. Recibió a lo largo de su vida numerosos premios literarios y en el año 1983 fue nombrado Hijo predilecto de Andalucía. A pesar de que comenzó su carrera artística como pintor, a partir del año 1920, año en el que tiene lugar la muerte de su padre, se despierta en él su faceta de poeta. Se rodeó a partir de entonces de los ya consolidados poetas de su época, y en 1925 le fue otorgado el Premio nacional de Poesía con su obra Marinero en tierra. Dos años después se consolidaría en Sevilla como grupo poético lo que actualmente conocemos como generación del 27.
Alberti tuvo que exiliarse tras la Guerra Civil española, ya que estaba vinculado activamente con el Partido Comunista de España. Y volvió a su patria una vez finalizada la dictadura de Franco.
La poesía de Alberti estuvo constantemente en evolución; podemos distinguir cuatro etapas fundamentales en cuanto a la temática tratada se refiere. La primera etapa se caracteriza por la creación de una poesía vinculada al humor y al folclore andaluz. En la segunda etapa desarrolla una poesía surrealista. Después escribe poesía social o política y por último poesía inspirada en la morriña y la nostalgia de lugares y momentos pasados.
Con este sincero y conmovedor poema que nos ocupa, «Lo que dejé por ti», Rafael Alberti nos habla desde el exilio. Quizás podamos situarlo en su etapa más nostálgica.
El tema fundamental del poema es la petición que el poeta le hace a su ciudad de acogida, Roma, para que ésta no se olvide de lo duro y penoso que ha sido dejarlo todo atrás. Le explica con un sentimiento desesperado cuán difícil le ha resultado exiliarse, y le expone las buenas intenciones que tiene para con ella, su nueva ciudad. Se trata de una evidente personificación de Roma, tanto así que parece desde el inicio hasta casi los últimos versos que el poeta escribe a una mujer amada y únicamente porque se refiere a ella por su nombre sabemos por quién o qué dejo todo lo que en un momento dado había sido suyo.
Con esto deducimos que a pesar del dolor y el pesimismo que supone dejar tu patria, siempre puede hallarse felicidad y calidez en la ciudad que nos acoge.

Jorge Luis Borges, «El Remordimiento».

La poesía, por suerte, no se cierra a una interpretación unívoca. Es la esencia del arte, despertar una reflexión personal fundamentada en el conocimiento, la experiencia y la sensibilidad. “El remordimiento” de Jorge Luis Borges es una de esas piezas que genera diferentes enfoques. ¿Nos quedamos en la superficie? ¿Leemos entre líneas? ¿O combinamos ambos para generar una perspectiva más amplia?
Uno de los conceptos clave de “El Remordimiento” es la felicidad, ese bien supremo que anhela el ser humano pero que apenas logra rozar. Pero, ¿qué es la felicidad? ¿Tener? ¿Amar? ¿Ser amado? ¿Trascender? Una de las coletillas a las que más acudimos es “la felicidad está en disfrutar de las cosas pequeñas”. ¿Y qué pasa con las cosas grandes? Aristóteles lo veía así: “el hombre obtiene la felicidad en la medida en que realice una virtud, evitando todo exceso, que le permita elegir aquello que razonablemente puede hacerlo realizarse en su bien propio”.
Borges declara que su mayor pecado es no haber sido feliz. El poema nos describe la felicidad como sinónimo de vivir, de los cuatro elementos que constituyen la vida. También, la felicidad como juego, como diversión. ¿No se divirtió Borges con su arte? ¿No jugó con las palabras? Tal vez “El Remordimiento” sea un nuevo juego con (y para) el lector, un poema vestido de melancolía, de piel irónica, y alma orgullosa.
Pero volvamos atrás. En la primera estrofa, el escritor argentino invita a que le olviden, asume el castigo por su pecado. ¿O es una manera de decir que le dejen en paz? En la segunda, lamenta haber defraudado a sus padres que le dieron la vida y él la entregó al arte. Ese arte que se ocupa de todo. Y de nada. Y termina acusándose de cobarde. Traicionó el bien supremo, la vida como felicidad. Y su pecado le acompaña como una sombra hasta que los glaciares del olvido le arrastren…
“El Remordimiento” es, tal vez, una reivindicación, una mirada orgullosa hacia su pasado como escritor. Borges no siguió el plan que había para él. Vivió como quiso, sin seguir el programa. La infelicidad es su felicidad. Lo hizo a su manera. Un desdichado que encontró la dicha en las palabras. Y es que escribir un poema para llamarse cobarde por haber dedicado su vida al arte, es una paradoja, ¿o no? Y a Borges le encantaban las paradojas.

Pablo Neruda, «Si tú me olvidas».


Al escribir “Si tú me olvidas”, el escritor chileno Pablo Neruda (1904-1973) demostró al mundo su lado sensible y dejó este poema como su legado al amor. Se nos presenta el poema con una orden directa. No hay una petición de iniciar una conversación. Es una monólogo versificado en el que el poeta pone en claro sus sentimientos, sus temores y, sobre todo, sus advertencias a la amada, en caso de que ella lo rechace y de cómo lo haga.

“Si tú me olvidas”, habla de la amante de la voz poética. El poema empieza por decir que cada cosa que ve, cada cosa que hace, cada cosa que siente, le recuerda a ella, los elementos de la naturaleza, como el golpear de una rama en su ventana; los visuales, como la visión e influencia de la luna en nuestras emociones. Pero también algunas imágenes le recuerdan a ella, como el crepitar del fuego en una hoguera, que le recuerda al movimiento y el calor del cuerpo de la amada. Todo lo que le rodea, metafóricamente, es como una flota de barcos que quieren atracar en una isla, en ella, en su cuerpo, “Si miro,…Si toco,…todo me lleva a ti,…como si todo lo que existe fueran pequeños barcos que navegan hacia las islas tuyas que me aguardan». El autor tiene una gran obsesión con esta persona y tiene la ilusión de que ella lo ame también ya que el amor hacia ella es infinito. En la segunda estrofa, la voz poética deja todo en manos de su amante, la decisión es suya y asegura que los sentimientos serán recíprocos “Ahora bien, si poco a poco dejas de quererme, dejaré de quererte poco a poco”. En este momento, el autor cae en un estado de angustia y desesperación al no tener certeza de la posible respuesta que esta mujer le pueda dar. De no quererlo, él no la querrá más; pero si en cambio, ella sí lo quiere, el autor hará lo imposible para que sea feliz, la cuidará como a un tesoro y no la dejará ir “mi amor se nutre de tu amor, amada, y mientras vivas estará en tus brazos sin salir de los míos”.
“Si tú me olvidas” es un poema que llega al corazón de mucha gente ya que el amor no es sólo felicidad, es también tristeza, incertidumbre y miedo, entre otros. Es un poema en el que parece que, la relación entre los dos protagonistas es de amor – odio. Un amor de ida y vuelta en el que los dos protagonistas tienen una necesidad mutua de alejarse y acercarse. El amor de ambos se alimenta de un amor recíproco que, en caso de no haberlo, sólo lleva al olvido.

Gustavo Adolfo Bécquer, «No sé lo que he soñado».

Gustavo Adolfo Bécquer fue un destacado poeta español de la época final del Romanticismo del siglo XIX, cuyos versos aún hoy siguen vivos, conmoviendo y expresando belleza con su carácter intimista y romántico.

Podemos observar en este poema que el motivo que lo entristece, le deja aún, sensibilidad. No ha perdido el sentido de llorar. Esto nos conmueve porque atraviesa nuestra mente para llegar justo a nuestro corazón. Nos hace sentir ausencia, sentir quizás la vida y con ello las formas en que ésta nos golpea. Pero, como decía Lewis «las dificultades preparan a menudo a una persona normal para un destino extraordinario».